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21 de febrero de 2015

La tentación de la indiferencia

                                                   La tentación de la indiferencia






La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos”. Así de tajante se expresa el papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma. Sólo con la conversión del corazón del creyente y la renovación de la Iglesia podremos ser testigos y profetas.

El primer domingo de Cuaresma está dedicado a meditar las tentaciones de Jesús en el desierto. “La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente”. La renovación espiritual de la Iglesia es además una de las insistencias más grandes del papa Francisco. En el Mensaje lo recuerda de nuevo: “El pueblo de Dios tiene necesidad de renovación” y además especifica en qué sentido es necesaria la renovación: “para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo”.

Para despertardel letargo y vencer la tentación el Papa nos dice que “necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan”. Para el Papa estos profetas son: La Iglesia, Cuerpo de Cristo, en la que «si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26); las parroquias y las comunidades cristianas, que se deben interrogar sin cesar «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) y los creyentes en Cristo que fortalecen sus corazones (cf. St 5,8) para tenerlo “cerrado al tentador, pero abierto a Dios” y dejarse “impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas”. Si escuchamos la voz de los miembros que sufren, de los alejados de las comunidades cristianas y de los cristianos que salen al encuentro de sus hermanos, sin duda, que seremos capaces de vencer la indiferencia en nosotros y en la Iglesia, respondiendo con alegría a nuestra vocación cristiana.

El Papa nos recuerda que hace falta conversión, es decir, dejarnos interpelar por la necesidad del hermano que “me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos”. De esta manera se puede vencer la tentación “que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos”. Es la invitación a que Dios haga su obra en nosotros para continuar la misión de Jesús: “El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres”.

Juan Martínez
Obras Misionales Pontificias