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14 de marzo de 2015

Paco González desde Mozambique con motivo del día del Misionero Extremeño


Día del Misionero Extremeño en Mozambique.




Sábado 7 de marzo de 2015. Me levanto a las 5.20h, normalmente no me cuesta trabajo levantarme temprano, a esa hora ya hay luz y hace calor, pero hoy estoy molido. Ayer me fui a dormir muy tarde, participamos a una misa funeral en Maputo por un joven sacerdote mozambiqueño que murió tras una breve enfermedad, cuando llegamos a nuestra Misión ya era después de la medianoche. Tenemos misa y una reunión en una de las 12 comunidades de nuestra Parroquia. Preparo todo lo que tengo que llevar. Cuando estoy desayunando llama a la puerta una de nuestras cristianas, pide ayuda para su cuñada, anoche a las dos de la mañana dio a luz una niña y quieren ir al hospital. Sé que su casa está a una cierta distancia, así que le digo que recojo mis cosas y nos vamos a buscarla. Me dice que ya está allí mismo. Efectivamente cerca de nosotros está una mujer joven con una niña envuelta en una manta. No me resisto a verla: es preciosa. Y la madre allí, de pie, tres horas después de dar a luz. Subimos al coche. Aunque la madre me parece una chiquilla, me cuenta que ésta es su segundo hijo, no sé si el otro es niño o niña, en la lengua changana no hay géneros. Me impresiona que hace un rato estuviese dando a luz y ahora la veo tan tranquila sentada a mi lado. No la quiero cansar con conversación. Voy pensando en qué será de esta niña, viene al mundo en un lugar donde la vida es muy dura. De qué manera podemos hacer algo para que su vida sea un poco sea menos sufrida que la de su madre...?
Un poco antes de llegar al hospital veo un grupo de personas, traen un cuerpo en una improvisada camilla hecha con una capolana –tejido típico africano-, le cuelgan las piernas y los brazos. Cuando paramos en hospital nos cuentan que al que llevan es a un chiquillo que el día anterior fue atrapado por un cocodrilo en el río cuando lavaba ropa. Le oyeron gritar y su hermana que acudió en su ayuda, sólo pudo ver como el cocodrilo lo arrastraba y lo metía en el agua. Estuvieron toda la tarde buscándole sin éxito y sólo por la mañana lo encontraron. En cierto modo están contentos porque han recuperado el cuerpo entero, con todo el ruido de la búsqueda el cocodrilo no tuvo oportunidad de comerlo. Qué horror! El chiquillo tenía 14 años.
Dejamos a nuestros pasajeros en el hospital y seguimos camino hacia Valha, la comunidad que vamos a visitar, con el agridulce sabor de la vida y de la muerte. Me acompaña un catequista. Celebramos la Eucaristía, tenemos el encuentro para revisar la vida de esta comunidad, que poco a poco va creciendo.
A mediodía estamos de vuelta. Pasamos por el hospital para ver cómo están la madre y la hija y nos dicen que hace un momento que han salido. Los encontramos un poco más adelante. Albino, el catequista, vuelve a ceder su lugar a madre e hija –el coche es monocabina-, la madre me cuenta que la niña está muy bien de salud y ella también, por eso los mandan de vuelta a casa. Dice que tienen suerte de volver con nosotros en coche. Las llevamos hasta su casa, una pobre chabola, en la que nació esta niña.
Por la tarde tengo catequesis con un grupo de adolescentes que se están preparando para recibir el bautismo esta Pascua. Mi grupo de catecúmenos conocen al infortunado chico muerto en el río, son colegas de estudio. Me estremece pensar que algún día le pueda ocurrir a alguno de ellos que van continuamente al río a buscar agua, lavar ropa o tomar baño. También me preocupa que los pueda devorar este mundo, que contraigan el sida tan extendido en este continente, que las chicas tengan un embarazo precoz y tengan que dejar de estudiar, que los chicos abandonen la escuela para buscar cualquier trabajo con que ayudar en sus familias. Conocer a Jesús y su mensaje es lo mejor que les puedo dar.
Los primeros domingos de cada mes tenemos la colecta del ofertorio para los más necesitados de la comunidad. Pregunto a los catecúmenos cómo colaboraron el domingo. Silencio. Les insinúo que el próximo domingo de la Caridad deberían ayudar con algo. Me dicen que no tiene dinero. Eso ya lo sé, pero tienen cabeza y manos. Alguien sugiere que pueden recoger leña y llevar agua a las viejecitas que están solas. Una chica propone que cocinemos “bagias” –una especie de empanada- y que las vendamos en la calle. Es una buena idea la de las “bagias”, les digo. Todos se ríen de mí, esta palabra “bagias” no la conozco bien y debo haberla pronunciado mal y por eso se ríen de mí. Otro dice que podemos congelar helados y llevarlos a la escuela, allí nadie los vende y seguro que tendría éxito en este tiempo de calor. Yo también apoyo esa idea, además podemos congelarlos en la nevera de nuestra casa. Con el dinero que saquemos compraremos algo que llevar a las personas más pobres de la zona. Hoy, además de haber estudiado nuestro tema de catequesis, hemos iniciado una microempresa. Todos están entusiasmados con la idea.

Pasa un día más, el Día del Misionero Extremeño. Seguro que en Almoharin también ha sido un día intenso, lleno de deseos de que nuestras Diócesis de Extremadura sigan comprometidas en la dimensión misionera de nuestra Iglesia. En la calma de una estrellada noche africana miro hacia el cielo con este deseo, que ningún ser humano sea devorado por el mal en cualquiera de sus facetas, que, con nuestras pequeñas fuerzas anunciemos ese Reino de Dios en el que serán derrotados los que siembran dolor innecesario, donde los niños que nazcan encuentren un lugar adecuado para vivir alegres y saludables. Donde “cada uno con los dones que ha recibido los ponga al servicio de los demás”, especialmente de los que más sufren. Paco González Jiménez. Sacerdote diocesano de Coria-Cáceres. Misionero del IEME en Mozambique.