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6 de marzo de 2016

Testigos de misericordia - Día de Hispanoamérica

Testigos de misericordia - Día de Hispanoamérica


Mensaje cardenal Marc Ouellet, Presidente Pontificia Comisión para América Latina para el Día de Hispanoamérica 2016


La misericordia, es la gran protagonista del Día de Hispanoamérica de este año. Como no podía ser de otra manera, el lema de la campaña en este año jubilar es una invitación a ser "testigos de misericordia". Y esa palabra, “misericordia”, es la que recorre de punta a cabo el mensaje elaborado para la ocasión por la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL). El cardenal canadiense Marc Ouellet, presidente de este organismo vaticano, nos recuerda en él que “Dios nos ama con un amor gratuito, sin límites, sin esperar nada a cambio, siempre dispuesto a perdonarnos, abrazando incluso nuestras miserias para liberarnos de ellas”. Y que este es un mensaje que debe tener muy presente cada uno de los misioneros y misioneras que sirven a las Iglesias y pueblos de América Latina.

El cardenal Ouellet no solo invita a los misioneros a pasar por la Puerta Santa de las catedrales o santuarios de las Iglesias en que sirven, sino que también les pide que vivan el Jubileo “en toda su profundidad, verdad y belleza”. “Esta experiencia jubilar –les dice– nos pacifica el corazón, nos pone nuevamente en camino más allá de tropiezos y caídas, nos llena de alegría y esperanza, nos alienta ante las dificultades y fracasos, nos convierte en ‘testigos de misericordia’ allí donde la Providencia de Dios nos ha destinado a servirlo en sus hijos más necesitados”.
El presidente de la PCAL recuerda también que el amor de Dios no tiene confines y que supera todas las fronteras, ya sean estas geográficas, étnicas, sociales, políticas o culturales. “Está destinado a todos, sin excepción, sin exclusiones”, insiste. “La misión no es otra cosa que compartir la misericordia compasiva y redentora que Dios me ha hecho experimentar y que quiere ofrecer a todos los hombres”. 

“La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo”, afirma Ouellet, citando la Misericordiae vultus de Francisco. En efecto, los cristianos en general, y los misioneros en particular, han de ser siempre para los demás testigos de ese amor misericordioso. Se trata –recuerda– del mismo amor que mostró Jesús en su encuentro con el joven rico, o con la samaritana en el pozo, o con Zaqueo, el publicano, o con María Magdalena. El mismo amor que mostró el samaritano (un hombre repulsivo, por extranjero y hereje, a los ojos del judaísmo de la época) al detenerse y socorrer al herido que encontró en su camino. “Antes que todo anuncio –dice la PCAL–, antes que toda catequesis, antes que todo servicio, importa que nuestra mirada hacia los que encontramos en las más diversas circunstancias de la vida exprese un reflejo sorprendente de la ternura, compasión y misericordia de Dios”.
Y son muchos los necesitados de esa ternura y compasión. Ahí están, si no, las familias rotas, las mujeres maltratadas, las abandonadas, las que cargan con el drama del aborto, los ancianos considerados un estorbo, los niños huérfanos, los que no pueden ir a la escuela, los que sobreviven como pueden en las calles de las grandes ciudades, los migrantes y refugiados, los parados, los que trabajan en condiciones precarias o sufren explotación, las víctimas de la droga, los marginados, los que padecen el racismo, los que son pisoteados en su dignidad, los que carecen de un techo bajo el que cobijarse, los que no tienen ni para comer, los que mueren por no tener acceso a medicamentos...

“Todos cargamos con las propias heridas, pero no podemos quedar indiferentes ante los que soportan el tremendo peso del desamparo, del sufrimiento, de la desesperanza. [...] Este Año Santo nos invita a peregrinar al encuentro de los más necesitados como humildes servidores de obras materiales y espirituales de misericordia”, pide el mensaje de la Pontificia Comisión. Monseñor Ouellet lo concluye con tres recomendaciones a los misioneros: que estén siempre disponibles para confesar; que prediquen y ofrezcan siempre el perdón; y que renueven su amor a la Virgen María, pues “nadie como ella experimentó la misericordia de Dios en su propia vida”. 

José Ignacio Rivarés
Publicado en Misioneros Tercer Milenio, febrero 2016