Palabras
de sabiduría de un claro de luna.
En la tradición oral bobo-fing del Oeste de Burkina Faso,
aparecen a menudo dos animales típicos de la sabana: la Liebre y la Hiena.
Ninguno de los dos se distingue por su amor al trabajo, pero mientras el
primero encarna la inteligencia y la astucia, el segundo representa la
estupidez y la precipitación. A menudo, aparecen como amigos y cómplices, pero
la hiena lleva siempre las de perder.
Hace
mucho tiempo, Môrò-Liebre y Sambiré-Hiena eran amigos íntimos. Inseparables.
Nunca jamás se veía al uno sin el otro. Lógicamente tendrían que haber tenido
las mismas riquezas, pero, la vida está tejida de contradicciones. Môrô-Liebre,
a pesar de ser débil y perezoso parecía haber nacido bajo una buena estrella,
tenía grandes campos y colosales riquezas. Sambiré-Hiena, al contrario, era la
desgracia personificada. A pesar de su fuerza no tenía ni comida ni dinero. Hay
que tener en cuenta que el bienestar de Môrô-Liebre provenía de un instrumento
misterioso: una pequeña azada, que le habían regalado los genios. Pero, esto
era un gran secreto que sólo conocía su mujer, hasta el día en que, ésta lo
reveló a la señora Hiena, un día propicio a las confidencias. Cuando
Sambiré-Hiena llegó a casa, su mujer lo acogió con mala cara.
Muy
enfadada lo trató de incapaz y le dijo:
— ¿Sabes que tu amigo Môrô te ha ocultado el
secreto de su riqueza? Tiene un instrumento mágico, que hace el trabajo en su
lugar. Tienes que pedírselo y decirle que te revele la palabra mágica que lo
pone en marcha.
— ¡Cállate, mujer! -le interrumpió su
marido- ¡No tienes que decirme lo que
tengo que hacer! Sé perfectamente cómo proceder para obtener de mi amigo lo que
quiero.
Sin
terminar de hablar, Hiena se puso de pie y muy excitado salió corriendo hacia
el domicilio de su amigo, mientras gritaba:
—¡Mujer, nuestra vida de miseria ha
terminado!
Môrô
vio llegar a Sambire sudando y casi sin respiración. Pensó que había sucedido
una desgracia, pero mantuvo la calma y acogió a su amigo con una voz que
intentaba mantener serena:
— Bienvenido amigo mío. ¿Qué buen viento te
trae por aquí?
Bruscamente
Sambire-Hiena le atacó, mintiendo:
— Los genios me han contado lo de tu azada.
¡Lo sé todo! Amigo, vengo a que me prestes tu pequeña azada, el instrumento de
tu felicidad y que me digas la palabra mágica.
Môrô,
mintió a su vez, diciendo a su amigo que según las recomendaciones de los
genios tenía que esperar a que amaneciera el día. Era apenas media noche,
cuando Sambiré estaba de nuevo llamando a la puerta de su amigo Liebre
gritando:
— Môrô mi amigo, deprisa levántate, está
amaneciendo.
Despertando
sobresaltado, de un profundo sueño, Môro-Liebre estuvo a punto de enfadarse,
pero dominándose, contestó:
— Amigo Sambiré, el día está aún lejos. Vuelve
a acostarte y vuelve cuando los gallos hayan cantado y haya salido el sol.
La
impaciencia de Sambiré-Hiena era tan grande que, con un palo alborotó el
gallinero para que los gallos cantaran y encendió un gran fuego para hacer
creer que el sol estaba saliendo. Môrô-Liebre ya no tenía excusa para retardar
la comunicación de las palabras, que ponían en movimiento la azada mágica. En
voz baja para que las orejas de la noche no oyeran su secreto, dijo:
— Amigo mío, cuando estés en el campo, para
poner en movimiento la azada mágica dirás: “¡Tour
flê flê wrawanga!” Y la azada empezará enseguida el trabajo que quieras. Y
para pararla tienes que…
Môrô-Liebre
se quedó con la palabra en la boca, viendo como Sambiré-Hiena corría a todo
correr, sin haber oído todo lo que tenía que saber. Môrô corrió hasta alcanzar
a su amigo y decirle las palabras que tenía que pronunciar para parar la azada:
— Para parar la azada tienes que decir: “¡Tour
man kra-karambaa!”
En
cuanto llegó a su campo Sambiré gritó:
— ¡Tour flê flê wrawanga!
Entusiasmado
por el trabajo que hacía la azada, Sambiré repetía una y otra vez las palabras
mágicas, hasta convertirlas en canción. El ritmo del trabajo era vertiginoso.
Cuando salió el sol, Sambiré estaba tan cansado que quiso descansar, intentando
en vano recordar la fórmula para inmovilizar su montura. Así pasaron horas y
horas: sufriendo, gimiendo, llorando y maldiciendo una situación de la que no
sabía cómo salir. A la caída de la tarde, Môrô-Liebre, que había seguido de
lejos lo que sucedía, decidió que era hora de terminar con esta grotesca
situación y gritó:
— ¡Tour man kra-karambaa!
La
azada se paró de golpe y Sambiré salió por los aires estampándose en el suelo y
rompiéndose varias costillas. Al ver acercarse a Môrô le dijo:
— ¡Aquí tienes tu azada! ¡Te prohíbo que me la
vuelvas a prestar! ¡Cógela! ¡Llévate lejos este instrumento de muerte!
Presentado por Paquita Reche, mnsda.



















































