Benjamín
Gómez, Misionero
Javeriano, lleva casi 18 años en Bangladesh, y es Coordinador de las
Actividades Javerianas entre los grupos indígenas de Adivasis en la región de
Mymensingh, al norte del país.
Sin la colaboración de Manos Unidas, mi trabajo en Bangladesh
habría resultado más difícil. Los misioneros no somos la respuesta a la falta
de desarrollo económico, ni tampoco tenemos la formula mágica para acabar con
las hambrunas o epidemias, pero sí podemos servir de puente entre quienes se
dedican a ello y aquellos que necesitan de una vivienda, una escuela o en su
caso un hospital: hablo de los empobrecidos por ser pobres.
Un mayor conocimiento de la lengua, cultura y
antropología de estos pueblos en vías de desarrollo nos permite hablar con una
cierta autoridad que quizás otros no tengan. A lo largo de diecisiete años en
este país he contado siempre con un fuerte apoyo de muchas personas voluntarias
en Manos Unidas. Con algunas de estas personas amigas nunca nos hemos visto, no
ha habido tiempo para conocernos, pero lo curioso es que a través de su
trabajo, su escucha, su respuesta a mis cartas, e incluso su llamada
telefónica, he podido concretar pequeños sueños y realizar otros más grandes
que solo, o por mi cuenta, estoy seguro que no habría conseguido. En la última
década hemos construido un hospital, un orfanato para jóvenes, una escuela de
Secundaria, además de facilitar dos puentes para una población ubicada en zonas
extremamente remotas de difícil acceso en la frontera con India.
Manos Unidas ha estado ahí, poniendo su importante
granito de arena, transformando la praxis en vida, y haciendo del desarrollo
humano y económico una vía de diálogo entre sectores de tradiciones religiosas
distintas: Por medio de la escuela se encuentran todos, independientemente de
su credo o fe; al hospital nos llegan los casos más variopintos de enfermedades
tropicales y situaciones críticas que requieren intervención quirúrgica
inmediata; los centros de artesanía facilitan un aprendizaje de oficios que
culminan ayudando a la persona a construir su propio taller y empezar a ser
realmente autónomos e independientes.
En países como Bangladesh, la injusticia o injusticias
están al orden del día. El trabajo solidario y de cooperación permite afrontar
estas situaciones extremas de forma conjunta, por lo cual, mejorando las
condiciones de vida de las familias, automáticamente sumamos un punto en mejora
en los derechos humanos, y aquí hay que rematar bien el clavo. He descubierto
que la solidaridad se practica sin distinción de credo, sexo, raza,
nacionalidad o afiliación política; la finalidad es el ser humano necesitado.
Si alguna vez cuentas con la posibilidad de visitar Bangladesh, encontrarás un
sinfín de gente por todos lados, un pueblo joven, un país nuevo, con ganas de
vivir. Por ello es fundamental nuestra aportación, precisamente porque es como
un recién nacido que da sus primeros pasos pero que necesita de esa mano amiga
que lo levante cada vez que cae, porque no esta hecho, no esta maduro.
El pobre, la pobreza que vemos aquí, puede ser en si
misma una violación de numerosos derechos humanos básicos; es por ello esencial
dar una mano o, al menos, intentarlo. Gracias a vosotros que desde ahí nos
apoyáis.
(Fuente: Boletín de Manos Unidas)



















































