Ante la Jornada del Domund 2013 Jesús Martínez Presa,
Misionero de África, reflexiona sobre su vocación misionera y su labor en “el
Malí”, como lo llama él, donde lleva 51 años de misionero.
“Pienso que al origen de mi vocación misionera existe la
idea de justicia y la frase de Jesucristo: ‘Id por el mundo entero...’. Yo veía
que era una gran injusticia la desigualdad que reina en el mundo. ¿Por qué todo
el mundo no puede comer tres veces al día…; por qué todo niño no tiene derecho
a una escuela, a un médico… por qué todo el mundo no puede conocer al Dios de
Jesucristo…? Yo veía ahí y sigo viendo una gran injusticia. Resulta que yo
tenía derecho a todo eso porque mi madre me trajo a este mundo en España, sin
ningún mérito por mi parte, mientras que los que habían nacido unos miles de
kilómetros más al sur, sin culpa suya, estaban privados de todo. Dios no ha
hecho las fronteras, somos nosotros; yo no podía cambiar a los demás pero sí
que podía cambiarme a mí mismo y es ahí donde la frase de Jesucristo ‘Id por
todo el mundo y sed mis testigos’ me interpelaba constantemente, veía en ella
una llamada de Dios para tomar un nuevo camino en mi vida, ir a la aventura y
dejarme llevar por Dios a donde yo solo nunca podría haber soñado llegar.
Al principio de mi vocación yo estaba más orientado hacia
América Latina, por la facilidad de la lengua, pero coincidió que en aquella
época el Papa escribió una carta diciendo que los países de África se
preparaban a la independencia e invitaba a los sacerdotes a ayudar a África.
Para mí fue un cambio radical… me preguntaba si podría adaptarme al clima
caluroso, a las comidas y a las lenguas de África. Puesta la confianza en Dios
fue como dar un salto en el vacío, pero seguro que abajo estaba Dios con sus manos
abiertas para acogerme y llevarme adonde Él quería. Antes de llegar a África,
algunas personas me dijeron que íbamos a ‘enseñar’, a convertir infieles,
nosotros que teníamos la verdad... Debo decir que ha sido una experiencia muy
rica encontrarme y vivir 50 años con personas de otras culturas, creencias y
tradiciones; he aprendido mucho de ellos, y pienso que he recibido de ellos
mucho más de lo que yo he podido dar, en valores humanos y espirituales. Mirar,
escuchar, aprender de los otros… dejarnos evangelizar por los pobres, por las
otras religiones (en el Malí tan solo el 2 por ciento es cristiano, 80 por
ciento es musulmán y un 18 por ciento son de religiones tradicionalistas o
animistas). El Malí me ha enseñado a vivir sin fronteras, y lo que quiere decir
esa palabra de ‘universal’. Entre todos, juntos, intentamos construir un mundo
más fraterno. La vida de la misión es muy bonita; en España estamos
acostumbrados a vivir con parroquias e iglesias ya terminadas de construir
desde hace mucho. En África las comunidades de catecúmenos y cristianos son
jóvenes (la mitad de la población tiene menos de 30 años). Es precioso el poder
colaborar al nacimiento y crecimiento de una comunidad cristiana, que descubre,
conoce y ama a Jesucristo. El DOMUND que celebramos este mes de octubre debe
recordarnos la universalidad de la Iglesia y que el Domund es dar y recibir,
aprender de estas iglesias jóvenes y dinámicas. Los misioneros os necesitamos
mucho, os agradecemos todo vuestro apoyo espiritual y material; gracias a
vosotros, no nos sentimos solos. El Señor es el dueño de la mies; seguid
rezando para que el Señor siga enviando operarios a su mies. Sería una pena que
la raza de los misioneros desapareciera, debemos considerar la misión como algo
nuestro y preguntarnos: ¿qué puesto ocupa en nuestras preocupaciones, en
nuestra oración, en nuestro presupuesto? Si queremos ser discípulos de Jesús
tenemos que seguir escuchando su mandato, que es permanente: ¿has pensado que
Cristo puede decirte también hoy a ti aquello de ‘Id por el mundo entero y sed
mis testigos’?”


















































