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14 de abril de 2014

Marcelino Pan y Vino en la República Centroafricana: un convento lleno de refugiados


Desde que empezara la guerra y destrucción en la República Centroafricana, más de 2.000 personas se hospedan en el convento de los carmelitas descalzos en Bangui, la capital. El superior del convento, el misionero italiano Federico Trinchero comparte con sus hermanos de la orden carmelita cómo estas personas, la mayoría mujeres y niños sin nada, les están ayudando a vivir el Evangelio. He aquí algunas de las cosas que cuenta:
“Durante este tiempo ha nacido una escuela de emergencia, gracias a la iniciativa de los profesores católicos presentes entre los refugiados. El órgano encargado de construir la escuela quería hacerla en el campo de fútbol. Al final, la escuela se ha construido en el jardín de las monjas, a pocos metros de nuestra puerta. En la jornada inaugural, sentado en la presidencia, me brindaron los honores dignos de un director de colegio de una popularísima escuela con clases. Aun, desgraciadamente, no hay ni pupitres ni sillas, y son casi 200 alumnos. Me presentaron como Bwa Federico, baba ti adéplacés kwe ti Carmel, es decir, el padre Federico, padre de todos los refugiados del Carmelo”.
“Tenemos con nosotros a Geoffroy, un niño de 12 años, de Bossangoa, un pueblo situado a 400 kilómetros al norte de Bangui, que no tiene hermanos, sus padres han muerto como consecuencia de una granada y su casa fue quemada. Los soldados lo trajeron a Bangui con un taxi-moto y lo dejaron en la puerta de nuestro convento sin mucha explicación. Después de lavarlo, vestirlo, alimentarlo… estamos intentando encontrar una solución para su futuro. Mientras tanto, sin mucha dificultad, Geoffroy se va adaptando a las costumbres y tradiciones del convento, tal vez un poco perdido por la acogida de 12 jóvenes frailes, pero feliz de dormir en un lugar seguro. Todo esto parece como la versión africana de «Marcelino, pan y vino»”.
“Cada mañana al final de la celebración eucarística en nuestra Catedral de palmas y cielo, llevamos la reserva del Santísimo desde el tabernáculo hasta el interior del convento. El Santísimo, sin molestarse, atraviesa nuestro campamento de refugiados en un caleidoscopio de colores, olores, humos y perfumes, barro y polvo. Y, mientras hago esta procesión surrealista, en mi corazón doy gracias a Dios y a estas personas, que quizás no saben que están obligándonos a mí y a mis hermanos a vivir un poco más de cerca el Evangelio”.