Misionera en CHEZI (Malawi)
La Hermana Perfilia
pertenece a las Misioneras de María Mediadora.
Aún la recuerdo, allá por
el año 1968, cuando yo era párroco de Aceitunilla, en un preciso pueblo de Hurdes,
perteneciente al municipio de Nuñomoral (Cáceres).
Allí, a lado de una de las
escuelas, vivía junto a su padre y hermanos, una niña huérfana de madre que,
además de ir a la escuela, realizaba las tareas de casa con gran diligencia.
Era un niña sencilla y cariñosa, siempre muy atenta a todo lo que sucedía a su
alrededor. Su nombre, Perfilia.
Los años de la adolescencia
los pasó en el colegio de Auxilio Social de Caminomorisco, donde conoció a las
religiosas Misioneras de María Mediadora. Allí surgió su vocación religiosa y
misionera. “Yo, desde pequeña siempre quise dedicar mi vida a los huérfanos y a
las misiones”, me confiesa. “Otra niña de las Hurdes, Adela, ante la
pregunta de una persona que nos habló de las misiones, pidiendo voluntarias, levantó la mano y me
incluyó a mí…”
Ingresa en la congregación
y realiza los estudios de Magisterio. Vive una experiencia muy fuerte en
Villaverde, donde tienen una Casa y una Guardería. Allí comprueba los estragos que
hace la droga en la vida de la gente: la situación de las familias le llegan a
lo más profundo del alma. “Dios iba realizando su obra dentro de mi
corazón”.
En el mes de agosto tuve la
oportunidad de reencontrarme con ella. Ahora tiene 55 años. De los cuales, 8
los ha pasado en Malawi, en compañía de otras cinco misioneras.
Aprovecho la ocasión para
entrevistarla.
¿Cómo es tu vida en Malawi?
— Me levanto a las 3 o 4
de la mañana para hacer oración. Después
comienza el trabajo. Yo coordino la cocina y las 8 casitas de los niños.
¿Cuántos niños tenéis en la misión y
cómo está organizada la vida?
— Tenemos 110 niños internos, casi todos huérfanos a causa del
SIDA. Están distribuidos en 8 casitas, en un ambiente de familia. Al frente de
cada casita hay una mujer africana. El ambiente que intentamos crear entre los
niños es el de una verdadera familia. Mi trabajo fundamentalmente consiste en
coordinar las actividades para que así suceda.
Hay un comedor general para todos.
Tenemos, además, otros 150 niños externos, que acuden a la
misión todos los sábados, a los cuales ayudamos en todo lo que podemos,
dándoles clases de apoyo…
¿Qué sucede con esos niños una vez que
van siendo mayores?
— Les ayudamos, en la medida de nuestras posibilidades, para
que puedan realizar estudios secundarios y, también, universitarios.
¿Cómo es vuestra misión?
— La misión es como un pequeño poblado. Además de los niños internos
y externos tenemos: personal sanitario, que atiende a los enfermos, conductor…,en
total, 78 trabajadores.
Hay 230 ancianos que viene un día al mes, a los que se les
ofrece todo tipo de asistencia.
Tanto los niños como el personal que nos ayuda profesan
diversas religiones distintas, pero hay un respeto absoluto entre todos.
¿Cómo podéis mantener todos esos
servicios?
— Especialmente por medio
de los apadrinamientos y de la ayuda de personas anónimas. También el
gobierno, a través de organizaciones diversas, ayuda en la asistencia
sanitaria.
En la misión tenemos una huerta que nos abastece de verduras. A
lo que hay que añadir algunas vacas, cabras y gallinas.
¿Hay alguna cosa que te impresione
especialmente?
— Sí. La fiesta de los niños es algo que me emociona vivamente,
la realizamos una vez al año, al
finalizar el curso. Participan los niños internos, los externos, y los que
hacen secundaria, así como el personal de los diversos servicios… Sacrificamos
una vaca, se cocina arroz , alubias y repollo para todos… Un panadero musulmán
nos regala el pan, y un comerciante hindú ofrece bebida refrescante a los
niños. Por la tarde continúa la fiesta
con bailes típicos y los profesores ensayan juegos y dinámicas con los niños.
En el mes de
noviembre realizamos algo parecido con
los ancianos. Y, también con los trabajadores de la misión. Suelen regalarnos
un kitengue (especie de vestimenta de bellos coloridos para envolver el
cuerpo). Lo hacen mientras danzan y cantan. Las misioneras les agraciamos con
algo de ropa…
¿Cómo vive la gente en Malawi?
— Prácticamente de la agricultura, y concretamente del maíz,
que constituye la base de la alimentación. Hacen harina, la cuecen y le añaden
algo de verdura o huevos…, si hay carne, cosa que no es frecuente, también.
¿Qué aporta a te vida estos años de
experiencia misionera?
— El haber cumplido un sueño: ser misionera, estar con los
pobres y, especialmente con tantos niños huérfanos. El cariño de la gente. Les
gusta que les quieras y tú sientes que Dios paga con creces.
























































