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3 de septiembre de 2014

Entrevista a la Hermana Perfilia Sánchez

Misionera en CHEZI (Malawi)

La Hermana Perfilia pertenece a las Misioneras de María Mediadora.
Aún la recuerdo, allá por el año 1968, cuando yo era párroco de Aceitunilla, en un preciso pueblo de Hurdes, perteneciente al municipio de Nuñomoral (Cáceres).
Allí, a lado de una de las escuelas, vivía junto a su padre y hermanos, una niña huérfana de madre que, además de ir a la escuela, realizaba las tareas de casa con gran diligencia. Era un niña sencilla y cariñosa, siempre muy atenta a todo lo que sucedía a su alrededor. Su nombre, Perfilia.
Los años de la adolescencia los pasó en el colegio de Auxilio Social de Caminomorisco, donde conoció a las religiosas Misioneras de María Mediadora. Allí surgió su vocación religiosa y misionera. “Yo, desde pequeña siempre quise dedicar mi vida a los huérfanos y a las misiones”, me confiesa. “Otra niña de las Hurdes, Adela, ante la pregunta de una persona que nos habló de las misiones,  pidiendo voluntarias, levantó la mano y me incluyó a mí…”
Ingresa en la congregación y realiza los estudios de Magisterio. Vive una experiencia muy fuerte en Villaverde, donde tienen una Casa y una Guardería. Allí comprueba los estragos que hace la droga en la vida de la gente: la situación de las familias le llegan a lo más profundo del alma. “Dios iba realizando su obra dentro de mi corazón”.
En el mes de agosto tuve la oportunidad de reencontrarme con ella. Ahora tiene 55 años. De los cuales, 8 los ha pasado en Malawi, en compañía de otras cinco misioneras.
Aprovecho la ocasión para entrevistarla.
¿Cómo es tu vida en Malawi?
— Me levanto a  las 3 o 4  de la mañana para hacer oración. Después comienza el trabajo. Yo coordino la cocina y  las 8 casitas de los niños.
¿Cuántos niños tenéis en la misión y cómo está organizada la vida?
— Tenemos 110 niños internos, casi todos huérfanos a causa del SIDA. Están distribuidos en 8 casitas, en un ambiente de familia. Al frente de cada casita hay una mujer africana. El ambiente que intentamos crear entre los niños es el de una verdadera familia. Mi trabajo fundamentalmente consiste en coordinar las actividades para que así suceda.
Hay un comedor general para todos.
Tenemos, además, otros 150 niños externos, que acuden a la misión todos los sábados, a los cuales ayudamos en todo lo que podemos, dándoles clases de apoyo…
¿Qué sucede con esos niños una vez que van siendo mayores?
— Les ayudamos, en la medida de nuestras posibilidades, para que puedan realizar estudios secundarios y, también, universitarios.
¿Cómo es vuestra misión?
— La misión es como un pequeño poblado. Además de los niños internos y externos tenemos: personal sanitario, que atiende a los enfermos, conductor…,en total, 78 trabajadores.
Hay 230 ancianos que viene un día al mes, a los que se les ofrece todo tipo de asistencia.
Tanto los niños como el personal que nos ayuda profesan diversas religiones distintas, pero hay un respeto absoluto entre todos.
¿Cómo podéis mantener todos esos servicios?
— Especialmente por medio  de los apadrinamientos y de la ayuda de personas anónimas. También el gobierno, a través de organizaciones diversas, ayuda en la asistencia sanitaria.
En la misión tenemos una huerta que nos abastece de verduras. A lo que hay que añadir algunas vacas, cabras y gallinas.
¿Hay alguna cosa que te impresione especialmente?
— Sí. La fiesta de los niños es algo que me emociona vivamente, la  realizamos una vez al año, al finalizar el curso. Participan los niños internos, los externos, y los que hacen secundaria, así como el personal de los diversos servicios… Sacrificamos una vaca, se cocina arroz , alubias y repollo para todos… Un panadero musulmán nos regala el pan, y un comerciante hindú ofrece bebida refrescante a los niños.  Por la tarde continúa la fiesta con bailes típicos y los profesores ensayan juegos y dinámicas con los niños.
En el mes de noviembre realizamos  algo parecido con los ancianos. Y, también con los trabajadores de la misión. Suelen regalarnos un kitengue (especie de vestimenta de bellos coloridos para envolver el cuerpo). Lo hacen mientras danzan y cantan. Las misioneras les agraciamos con algo de ropa…
¿Cómo vive la gente en Malawi?
— Prácticamente de la agricultura, y concretamente del maíz, que constituye la base de la alimentación. Hacen harina, la cuecen y le añaden algo de verdura o huevos…, si hay carne, cosa que no es frecuente, también.
¿Qué aporta a te vida estos años de experiencia misionera?
— El haber cumplido un sueño: ser misionera, estar con los pobres y, especialmente con tantos niños huérfanos. El cariño de la gente. Les gusta que les quieras y tú sientes que Dios paga con creces.